martes, 5 de enero de 2010

Las vergüenzas de Cáritas


Vicente Romero

Caritas Madrid ha suspendido el uso por la comunidad de San Carlos Borromeo de las llamadas hojas de caridad, documentos que suponen la entrega de una cantidad máxima de 900 euros anuales a las familias más necesitadas del barrio. La noticia, pese a su fondo amargo y escandaloso, no ha sido publicada. El arzobispado prefiere que no se airee su decisión de abandonar a los más necesitados en Vallecas. A Caritas también le conviene silenciar una medida que daña gravemente su imagen. Y los sacerdotes de San Carlos Borromeo desean evitar otro enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica.

Recordemos que dos años y medio atrás, el cardenal Rouco Varela pretendió acabar con las actividades sociales de la parroquia vallecana, acusada públicamente de prácticas litúrgicas tan irregulares como dar la comunión utilizando el pan dulce (rosquillas, llegaron a decir) elaborado por mujeres del vecindario. Una enorme reacción popular impidió el cierre del templo. Finalmente Rouco se limitó a degradar la parroquia al rango inferior de capellanía, tras pactar con sus curas --en una visita nocturna-- el dejarlos en paz a cambio de que mantuvieran un discreto silencio. Y ahora ha ordenado que Caritas Madrid les retire las hojas de caridad. ¿Motivo oficial? La iglesia de San Carlos Borromeo perdió la facultad de distribuir ayudas diocesanas entre sus feligreses cuando dejó de ser parroquia, aunque nunca hubiera funcionado como tal sino como centro contra la exclusión social.

No puedo decir que la posición de Cáritas Madrid me haya sorprendido. Al contrario, resulta coherente. Y eso es lo peor. Porque no se trata de una torpeza, ni siquiera de una negligencia como la cometida al cerrar por vacaciones de verano su albergue junto al Senado, privando de cama y comida a su numerosa clientela de indigentes. Este caso parece una despiadada forma de castigo contra el sector más progresista de la Iglesia, mediante una patada en el culo de los pobres.

Durante años colaboré con Cáritas España, especialmente cuando estuvo presidida por Pepe Sánchez Faba, un hombre tan honesto y tolerante como enérgico en la defensa de sus principios éticos. En incontables ocasiones elogié el apoyo que Cáritas brindaba, generalmente a través de los misioneros, a numerosos proyectos sociales en los rincones más empobrecidos del planeta. Incluso llegué a recomendar a los oyentes de RNE que --aunque fueran agnósticos como yo-- canalizaran a través de Caritas su ayuda para construir un mundo mejor. Mi larga empatía con los misioneros hizo que la Conferencia Episcopal --a la que Faba denominaba el obispero-- me concediera en 1999 el premio Bravo por los supuestos valores cristianos de mi trabajo. Lo devolví en 2007 cuando Rouco puso cerco a la parroquia de San Carlos Borromeo, precisamente por los valores cristianos demostrados en su trabajo.

Había roto toda relación con Caritas España dos años antes, durante la hambruna de 2005 en Níger, tras comprobar sobre el terreno que su enviado especial --un sacerdote secularizado, encargado de evaluar las necesidades urgentes-- renunciaba a visitar Maradi, la región más castigada por la crisis, por ser zona musulmana. (Donde un misionero español, José Collado, hizo cuanto pudo sin preguntar a qué dios rezaban los hambrientos). Menos importancia tuvo que, casi al mismo tiempo, se produjeran algunos escándalos internos, incluyendo casos de nepotismo, en la Central de Cáritas. Pero fueron las gotas que colmaron mi vaso. Caritas España presidida por un antiguo policía que hizo su carrera durante el franquismo y Caritas Madrid dirigida por un constructor inmobiliario estilo Jesús Gil y Gil, dan la imagen de una institución que humanamente ya no es lo que era pocos años atrás. Reconozco que Caritas continúa realizando tareas tan meritorias como imprescindibles. Pero basta un chorrito de mierda en un tanque de agua potable para que esta deje de ser recomendable, la bendigan o no.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
Free counter and web stats